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El Observatorio del Nautilus. Una Ventana a la Historia.

Damas y caballeros, permitan que me presente. Mi nombre es Pierre Aronnax y quisiera contarles la fantástica experiencia que pude vivir a bordo del mejor navío del mundo: el Nautilus.

Los viajes de exploración junto al misterioso capitán Nemo (q.e.p.d.) me supusieron una conmoción tal que transformaron mi conciencia. Ahora considero mi deber continuar con el trabajo iniciado a bordo, en la medida de mis posibilidades, para difundir el gusto por la lectura y el saber, la aventura y el espíritu crítico.

Este blog constituye un homenaje y un intento de emular al difunto capitán aunque con una salvedad: yo no pretendo acabar con la sociedad sino contribuir humildemente a mejorarla. Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla una y otra vez.  Con las entradas de este blog iré siguiendo la actualidad desde una perspectiva histórica, ayudando a interpretarla mediante la recomendación de lecturas que considero interesantes y motivadoras, pero sin entrar en polémicas inútiles.

Obras científicas, literatura histórica, ensayo, biografías y narraciones de viajes y exploraciones permitirán a los visitantes comprender o profundizar en las razones y causas de las cosas.

Nemo acertó en su visión pero no en sus métodos. Yo le conocí y le comprendí pues era un hombre atormentado por sus heridas. Sin embargo, creo que nadie debe intentar cambiar la sociedad, pues ésta debe cambiarse a sí misma. De lo que estoy seguro es que el motor del cambio debe ser el conocimiento, la conservación de la cultura, la tolerancia, el poder de la imaginación, y sobre todo, un optimismo recalcitrante. La tecnología o el poder no deben ser un fin, sino un medio para alcanzar una sociedad mejor aquí o en cualquier parte.

En un universo siempre cambiante debemos estar siempre en movimiento. No podemos dejar de buscar nunca la verdad, aunque es cierto que, en ocasiones, será mejor “pasar página”. Mobilis in mobili. Así es la vida, movimiento dentro del movimiento, el cambio dentro del cambio.

Pasen y vean, y si les gusta el trabajo por favor suscríbanse por RSS o e-mail. Muchas gracias.

Prof. Aronnax, Febrero de 2012.

La Biblioteca (Cap. XI – El Nautilus)

El capitán Nemo se levantó. Yo lo seguí. Se abrió una puerta doble practicada en el fondo de la sala y entré en una habitación de igual amplitud que la que acababa de dejar.

Era una biblioteca. Altas estanterías de palisandro negro, con adornos de cobre, soportaban en sus largos anaqueles gran número de libros encuadernados en forma uniforme. Seguían el contorno de la sala y terminaban en la parte inferior en amplios divanes, acolchados, de cuero color pardo, que ofrecían las más cómodas curvas para el reposo del cuerpo. Livianos pupitres móviles que podían acercarse o alejarse a voluntad, permitían apoyar en ellos el libro durante la lectura.

En el centro había una gran mesa cubierta de folletos, entre los cuales se veían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica inundaba todo el armonioso conjunto y surgía de cuatro globos esmerilados semiocultos entre las volutas del cielo raso. Yo miraba con real admiración aquella sala tan ingeniosamente instalada, sin poder dar crédito a mis propios ojos.

Capitán Nemo, le dije a mi anfitrión que acababa de arrellanarse en un sofá, he aquí una biblioteca que sería motivo de lustre para más de un palacio de los continentes, y me maravilla pensar que puede usted llevarla consigo a lo más profundo de los mares.

¿Dónde se hallaría más soledad, más silencio, señor profesor?, respondió el capitán Nemo. ¿Le brinda a usted su gabinete de trabajo en el Museo un reposo tan completo?

No, señor, Y he de añadir que es muy pobre en comparación con el suyo. Tiene usted aquí seis o siete mil volúmenes.

Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos vínculos que conservo con la tierra. Pero el mundo terminó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera. Ese día, adquirí mis últimos volúmenes, mis últimos folletos, mis últimos periódicos, y desde entonces me imagino que la humanidad no ha pensado ni escrito más. Estos libros, señor profesor, están a su disposición y puede usarlos con entera libertad.

Agradecí al capitán Nemo y me acerqué a los anaqueles de la biblioteca. Libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en todos los idiomas, abundaban allí; pero no vi una sola obra de economía política, que al parecer estaban severamente proscritas a bordo. Detalle curioso, todos los libros se veían colocados sin orden determinado, cualquiera fuere la lengua en que estaban escritos, y esa mezcolanza indicaba que el capitán Nemo debía leer habitualmente los volúmenes según le cayeran a mano.

Entre esos libros noté las obras maestras de los autores antiguos y modernos, es decir, todo lo más hermoso que la humanidad ha producido en historia, poesía, novela y ciencia, desde Homero hasta Víctor Hugo, desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais a George Sand. Pero la ciencia, más particularmente, hacía el grueso de aquella biblioteca; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban un lugar no menos importante que las obras de historia natural, y comprendí que constituían el estudio predilecto del capitán. Vi allí todas las producciones de Humboldt, todas las de Arago, los trabajos de Foxicault, de Sainte-Claire Deville, de Chasles, de Milne Edwards, de Quatrefages, de Tyridall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maurv, de Agassis, etc., las memorias de la Academia de ciencias, los boletines de las diversas sociedades de geografía, etc., y, en lugar destacado, los dos volúmenes que quizás me habían valido la acogida relativamente amable del capitán Nemo. Entre las obras de Joseph Louis François Bertrand, su libro sobre Los Fundadores de la Astronomía Moderna me proporcionó una fecha segura, y como yo sabía que se había publicado en 1865, pude sacar en consecuencia que la instalación del Nautilus no remontaba a una época posterior. De modo, pues, que desde hacía tres años, a lo sumo, el capitán Nemo había dado comienzo a su existencia submarina. Tenía la esperanza, además, que obras más recientes me permitirían fijar con certeza ese momento; pero me quedaba mucho tiempo para tal búsqueda y no quise demorar más el paseo a través de las maravillas del Nautilus.

Señor, le dije al capitán, le estoy muy agradecido de que haya puesto a mi disposición su biblioteca. Contiene tesoros de ciencia y aprovecharé de ellos.

El Salón (Cap. XIV – El Río Negro)

Mientras tanto, Ned Land, bastante poco conquiliólogo, me interrogaba acerca de mi entrevista con el capitán Nemo. ¿Había averiguado yo quién era, de dónde venía, a dónde iba, hacia qué profundidades nos llevaba? En fin, mil preguntas que yo no tuve tiempo de responder. Le dije cuanto sabía, o, más bien, todo lo que no sabía, preguntándole a mi vez lo que había oído o visto por su parte.

No he visto ni he oído nada– respondió el canadiense –Ni siquiera entreví a la tripulación de la nave. ¿Acaso sería eléctrica como ella?

-¡Eléctrica!

¡A fe mía, es como para creerlo!… Pero usted, señor Aronnax, preguntó Ned Land, siguiendo siempre su idea, ¿no podría decirme cuántos hombres hay a bordo, diez, veinte, cincuenta, cien?

No sé qué decirle, maestro Land. Por otro lado, creo que usted debe olvidar por el momento su propósito de apoderarse del Nautilus y huir. ¡Esta nave es una obra maestra de la ingeniería moderna y lamentaría mucho no poder conocerla en toda su amplitud! Más de uno aceptaría la situación que aquí se nos brinda, aunque no fuera más que para pasear por entre tantas maravillas. De modo que quédese usted en calma y tratemos de ver qué pasa alrededor nuestro.

¡Ver!, exclamó el arponero. ¡Si no se ve nada, no se verá nunca nada, como no sea esta cárcel de acero! ¡Marcharnos, navegamos enteramente a ciegas!…

Decía Ned Land estas palabras cuando todo quedó a oscuras, pero en una oscuridad absoluta. El cielo raso luminoso se apagó, y con tal rapidez que sentí en los ojos una especie de impresión dolorosa, análoga a la que produce el paso repentino de las más profundas tinieblas a una luz resplandeciente. Habíamos quedado mudos, inmóviles, sin saber qué sorpresa agradable o desagradable nos esperaba. Se oyó un deslizamiento, como si los paneles se corrieran a los costados del Nautilus.

Esto es el fin del fin, dijo Ned Land.

¡Orden de las hidromedusas!, murmuró Consejo.

De pronto la luz se hizo a cada lado del salón a través de dos aberturas oblongas. Las masas líquidas aparecieron vivamente iluminadas por los rayos eléctricos. Dos placas de cristal nos separaban del mar. Me estremecí, al principio, pensando en que tan frágil muro podía quebrarse; pero estaban sujetas con fuertes armazones de cobre que le daban una resistencia casi infinita. El mar se veía claramente en un radio de una milla en torno al Nautilus. ¡Qué espectáculo! ¡Qué pluma se requeriría para describirlo! ¡Quién sería capaz de pintar los efectos de la luz en aquellas masas transparentes y la suavidad de las sucesivas gradaciones hasta las capas inferiores o superiores del océano!

Es conocida la diafanidad del mar. Se sabe que es más límpido que el agua de manantial. Las substancias minerales y orgánicas en suspensión acrecen aún su transparencia. En ciertas partes del océano, en las Antillas, a través de ciento cuarenta y cinco metros se divisa el lecho arenoso con sorprendente nitidez y la fuerza de penetración de los rayos solares sólo parece detenerse a una profundidad de trescientos metros. Pero en el medio fluido que recorría el Nautilus, el resplandor luminoso se producía en el mismo seno de las aguas. No era ya aquélla una masa de agua luminosa: era luz líquida.

Si se admite la hipótesis de Erhemberg, quien cree que existe una iluminación fosforescente en los fondos submarinos, la naturaleza ha reservado, por cierto, a los habitantes del mar uno de sus más prodigiosos espectáculos, de lo que podía yo formarme una idea por los mil juegos de esa luz que ahora estaba viendo. A cada lado tenía una ventana abierta hacia los abismos inexplorados. La oscuridad del salón destacaba la claridad exterior y nosotros mirábamos como si el puro cristal hubiera sido la vidriera de un inmenso acuario.

Durante dos horas todo un ejército acuático sirvió de escolta al Nautilus. En medio de sus juegos y de sus brincos, mientras rivalizaban en exhibiciones de belleza, de brillo y de velocidad, yo iba distinguiendo al budión verde; al mulo marino marcado con doble raya negra; al gobio de cola redondeada, de color blanco salpicado de manchas violeta en el dorso; al escombro japonés, admirable caballa de esos mares, de cuerpo azul y cabeza argentada; a los brillantes azurores cuyo solo nombre vale por toda descripción; a los esparos rayados, de aletas matizadas en azul y amarillo; a los esparos anillados con una banda negra en la aleta caudal; a los esparos zonéforos, elegantemente encorsetados en sus seis cinturones; a los aulóstomas con boca en forma de flauta, llamados también trompeteros, algunos ejemplares de los cuales tiene el largo de un metro; a las salamandras del Japón; a las morenas lampreas, largas serpientes de seis pies, ojos vivos y pequeños y amplia boca erizada de dientes.

Nuestra admiración se mantenía en el más alto punto. No se agotaban nuestras exclamaciones. Ned nombraba a los peces, Consejo los clasificaba y yo me extasiaba ante la vivacidad de sus movimientos y la belleza de sus formas. Jamás se me había dado la ocasión de sorprender a esos animales vivos y libres, en su elemento natural.

No he de mencionar todas las variedades que pasaron así por ante mis deslumbrados ojos, toda aquella colección de los mares del Japón y de la China. Los peces acudían, más numerosos que los pájaros del aire, atraídos sin duda por el radiante foco de la luz eléctrica. Súbitamente se iluminó el salón, corriéronse los paneles, la encantadora visión se esfumó; pero durante largo rato quedé soñando aún, hasta el momento en que posé la mirada en los instrumentos suspendidos en las paredes. La brújula seguía señalando el rumbo norte-noroeste, el manómetro indicaba una presión de cinco atmósferas que correspondían a una profundidad de cincuenta metros y la corredera eléctrica daba una marcha de quince millas por hora.

Yo esperaba al capitán Nemo. Pero él no se presentó. El reloj señalaba las cinco.

Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne.

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